(Aquí debería ir una imagen que representara más o menos lo que trato de decir en este texto, pero al no encontrar ninguna, me disculpo.)
Recuerdo (sí, todavía puedo recordar) que una vez le dije a alguien que yo no podía racionalizar demasiado las cosas, o me volvería loco. Él se rió, pero yo sabía de lo que hablaba. Al rato iba a empezar a ver a las personas como ese tipo del cuento de Cortázar, que a veces para divertirse sólo se concentraba en una parte del cuerpo, y se la pasaba un día entero conviviendo con manos, ojos o narices. Al rato iba a obtener poderes místicos y podría ver a través de los objetos; bizquearía para lograr apreciar el movimiento de los pistones de un coche o empezaría a decodificar las páginas web que le llegan a mi computadora por el módem y la línea telefónica sólo con un osciloscopio. A lo mejor me dedicaría a clasificar todos los objetos del mundo real de tal manera que hiciera mi tarea de programador más fácil y a la vez llevar a los ojos de los mortales una visión del mundo de las ideas de Platón, justificando una vez más sus puntos de vista. Eso para empezar. O sea, de una persona común me convertiría en un nerd ambicioso.
Pero después de un tiempo las cosas materiales darían todo de sí y luego seguirían los aspectos morales: no podría comer nada animal, por que estos seres, a pesar de no tener habla, tal vez tendrían conciencia, y no se puede aniquilar a un ser consciente así como así: en este universo lleno de caos, sólo un prodigio de la naturaleza podría dar lugar a un conjunto de materia en un estado ordenado (o menos desordenado que el resto) que es la mente. Después me quejaría de la ineficacia de nuestro sistema capitalista, que condena a millones de personas a la pobreza más abyecta a menos que un día, al señor viejo y calvo dueño de una de las megacorporaciones que están a la cabeza de nuestro escalafón socioeconómico se le aparecieran tres fantasmas y súbitamente se diera cuenta de que hay millones de personas en la pobreza más abyecta. Y ni qué decir de los agentes bursátiles que compran dinero en un lugar y lo venden en otro para crear riqueza sustentada en decimales proyectados en un monitor. O de la voracidad de los accionistas que son dueños de miles de títulos de cientos de empresas, esperando a que suban o les den ganancias. O de cómo una compañía que opera en bolsa puede ver destruido su emporio gracias a un chisme que surja en el momento y el lugar adecuado, contado a las personas correctas, las que puedan crear un pánico de alcances sólo limitados por el miedo de los demás accionistas voraces. Entonces me convertiría de un nerd ambicioso en un anarcopunk izquierdista genérico.
Y ya que hablamos del temor, es aquí cuando el raciocinio cruza esa delgada línea que nos separa de la locura: En última instancia, todos los acontecimientos de la humanidad se deben a un empujoncito en el lugar y momento correctos. Entonces, ¿qué sentido tiene lo que yo haga si de todas partes me están empujando? ¿Cuánto campo me queda a mí para decidir, si de todas maneras mi decisión se verá afectada por lo que Carlos Slim desayunó en la mañana, lo que Claudia Gutiérrez de mercadotecnia diseñó para el espectacular que está cerca de la escuela y por esa piedrita que está en la parada del camión y con la que me tropezaré tarde o temprano, haciéndome olvidar la marcha de mis pensamientos y redirigiéndolos en otra dirección? En ese momento lo que haga o deje de hacer deja de tener sentido, al ser sólo el resultado de un entrechocar de corrientes y contracorrientes cuyos orígenes se pierden en la bruma del tiempo; entonces me deprimo un poco. La pequeña influencia que puedo ejercer en mi propio destino se hace todavía más pequeña. Con ello mi sistema inmunológico se hace un poco más débil y me enfermo. Así empieza otra cadena de razonamiento: Mírate, no sólo eres débil, sino también frágil. Un ser de carne, animal confundido expulsado de manera repulsiva de la matriz de todas las cosas. Tienes que comer, dormir, relacionarte, ¿y todo para qué? Para transmitir tus genes a la siguiente generación. Para agitar todavía más el río de la historia. De repente ser un robot toma sentido, y hasta es deseable. Me deprimo un poco más. Empiezo a soñar con el día en el que pueda descargar mi mente a un mainframe. O comer aminoácidos directamente. Con ello pasaría de un anarcopunk izquierdista genérico a un goth ciberpunk intelectual.
Pero todavía se puede caer más bajo, como cuando Philip K. Dick culminó una existencia de escribir novelas sobre lo que es real y lo que no convirtiéndose en el protagonista de una de esas historias. Lo feo es que empezó a recibir mensajes de DIOS y de seres interdimensionales. Y todo por los efectos de una visita al dentista y los efectos de la anestesia. No podía ser de otra forma: los caminos del SEÑOR son misteriosos, pero todos conducen a ÉL. Debe de haber algún orden en medio de este sin sentido, alguna explicación que no pueda comprender, una variable que todavía no haya tomado en cuenta. No, no puede ser. Las cosas no pueden expresarse en términos tan simples. Mi mente, cansada de tanto pensar, de querer descubrir el hilo negro de todas las cosas, se rinde a la primera explicación teológica que encuentre, no importa si viene del Hare Krishna o de ALLAH o de mis propias reflexiones. En todo caso, la versión de religión que adopte estará tergiversada por años y años de darle vueltas a las cosas, y surgirá un dios extraño, nuevo para el mundo, con sus propios mandamientos y motivos. Será diferente a todo lo conocido, y la única actividad en mi agenda de allí en adelante será seguir su doctrina. Seré su sacerdote y su grey, su Mesías y su pueblo escogido. Tal vez salga a los caminos y a las plazas a predicar, o sólo haré voto de silencio y me comunicaré a través de mis miradas y de figuras que haga con papel de estaño. De cualquier manera, habré pasado de goth ciberpunk intelectual a demente con un brillo especial en los ojos: el de aquellos que se han visto cara a cara con la verdad, y al hacerlo con los ojos desnudos han quedado cegados, incapaces de ver cualquier cosa que no sean las quimeras que viven en su psique. A tientas me desplazo por los pasillos de mi casa y las aceras de la calle, tratando de encontrar sentido a las cosas a través de las pistas que aún puedo percibir, y aquellos fragmentos dispersos que todavía poseo de mi vida anterior.
Moraleja 1: No piensen. No duden. No duden ni pregunten. Eso déjenlo a los suicidas.
Moraleja 2: Si no pueden ceñirse a la moraleja 1, tan siquiera tómense las cosas con calma. Y consigan pareja.