Odio al futbol en cualquiera de sus presentaciones por sobre todas las cosas. El soccer le quita tiempo a las noticias políticas y de terroristas que tanto disfruto. Saca lo peor de la gente, por lo menos de la que está en una porra. Uno no se beneficia de la práctica del deporte si nada más lo está viendo por la tele. Los estadios deberían convertirse en acuarios, salas de concierto, o involucionar para volver a ser circos romanos. Del football mejor ni hablo: entre el reloj que se para a cada oportunidad, la jerigonza de los comentaristas, la necedad de querer pensar que el campo es un tablero de ajedrez y la “hora” de tres horas me basta para aburrirme en serio. Ayer fue el supertazón. Demonios. ¿Qué puede hacer alguien que no tiene cable y tiene que conformarse con cinco canales, de los cuales dos no se ven por la estática, y que no puede estar en su compu porque ya lo quitaron de allí? Pues practicar el deporte nacional mexicano: tragar camote (aguantarse, no vayan a pensar mal).
Y allí estaba, dando vueltas al carrusel de tres caballitos que es mi tele, cuando sintonizo el medio tiempo del Super Bowl, con Tom Petty. De ese señor nada más conozco la canción que sale en el San Andreas, “Runnin’ Down A Dream”, y me quedé en el canal para ver si la tocaba. Lo hizo, fue su cierre, y después de ello me dispuse a seguir dando vueltas.
Volví a pasar por el juego “a solo unos minutos” de terminar el partido. Yo no sé cómo fue que llegaron allí, lo que habrán sufrido, lo que se habrán metido, lo que habrán gastado, lo que tenían que demostrar, quién era el mejor… nada de eso me importaba. Me quedé por la brutalidad. Si tumbar al contrario empujándolo por la espalda (posiblemente dejándolo con daño cervical) para que no atrape un balón no es “bloquear un pase”, no sé que más pueda ser. Lo mejor es cuando lo pasan en cámara lenta. Para un morboso, eso es genial. Pero no tanto como ver en vivo como todos los sueños y aspiraciones de un equipo, y por ende de la mitad de los espectadores, se van al caño en un instante. De verdad me emocioné, y me dio miedo. En ese momento vi una línea de tiempo que me involucraba a mí, un sillón, una tele, una cerveza en mi mano y un grito de júbilo. Fue tan repulsivo y asqueroso que quise apagar la tele. Pero fue más fuerte mi impulso por ver en qué terminaba esto, porque una atrapada no significa nada si no llegan a la zona de anotación. Oh sorpresa, lo hicieron (Nota al pie: ¿quién en su sano juicio le pone a su hijo Plaxico?). A los Patriotas se les va su temporada perfecta. El schaudenfreude en todo su esplendor. Me morí de la risa. Entonces comprendí de qué se trata todo esto: de la humillación. Tomar partido por un equipo, unirte a tu tribu y sentirte superior por que tú le ibas a los que hicieron el trabajo sucio. Qué cómodo. Yo no podría hacer eso, se necesita un nivel de atención que yo no tengo, y un grado de apego a una marca tal, que me enerva. Pero sí puedo ver todo desde un palco distante y alcanzar a distinguir en los ojos de Tom Brady el pensamiento supremo: MIERDA. Las lágrimas huecas de la fanaticada (como si a ellos los fueran a correr por fallar). Que se te escape un lugar en la historia a dos minutos del final no tiene precio. Creo que puedo disfrutar eso.
La canción de hoy: “Runnin’ Down A Dream” – Tom Petty












